La periodista Naomi Klein desarrolló el concepto de doctrina del shock. Estudió cómo a lo largo de las últimas décadas muchos Gobiernos han aprovechado las perturbaciones sociales producidas por catástrofes naturales o la guerra para eliminar derechos y libertades que de otra manera tendrían un fuerte rechazo social. Un ejemplo muy claro es cómo bajo la escusa de la lucha contra ETA a lo largo de los 90 y los 2000 todos fuimos perdiendo derechos políticos y libertades individuales.


La alarma sanitaria requiere medidas momentáneas que limitan nuestras libertades, pero debemos estar vigilantes para que la alarma no se convierta en un estado de guerra permanente contra un enemigo invisible. Además la proliferación en nuestras vidas de dispositivos capaces de grabar audio y vídeo en cualquier momento y de localizar nuestra posición, permitiría a los Gobiernos imponer medidas de control social sólo vistas en novelas de ciencia-ficción. No podemos ceder ni una sola de nuestras libertades fundamentales.

Tenemos que ser conscientes de que estamos viviendo un periodo histórico. El neoliberalismo que gobierna desde los 90 está muriendo, pero el nuevo mundo no termina de aparecer, y en esos claro-oscuros están surgiendo monstruos que nos recuerdan a las épocas más terroríficas de la humanidad. Tenemos que ser valientes y tomar partido. Tenemos que declinar la balanza del lado de la dignidad, de la libertad, de la igualdad, de la cooperación como forma básica de relación entre personas.

Y esto no es un proyecto utópico futuro, la sociedad la construimos todos nosotros cada día con la forma que tenemos de relacionarnos, con las decisiones que tomamos. La construimos convenciendo, organizando a nuestros compañeros de trabajo para mejorar las condiciones laborales, apoyando los proyectos transformadores de tu entorno, no dejando que los cuñados del whatsapp difundan impunemente sus mentiras, rebatiendo los bulos en el vecindario. La construiremos entre todos, cada día, con la responsabilidad de saber que esto lo tenemos que sacar adelante nosotros, que no va venir ningún Salvador. Con la alegría de saber que merecemos y podemos vivir una vida mejor.

Nuestra sociedad debe medir su progreso según la calidad de la vida de la comunidad, no según las ganancias del casino financiero. Esta crisis está demostrando de forma manifiesta que una gestión pública regida por los principios de eficiencia y universalidad administra mejor los recursos que una gestión privada cuyo único interés es el mayor lucro a cualquier coste. Y funciona mejor cuanto más cercana está de la autogestión de los trabajadores y más lejana del conglomerado estatal-empresarial, formado por las puertas giratorias de personas que entran y salen de uno a otro.

A su vez el modelo produccionista basado el la avaricia de los empresarios se agota, con el cambio climático como la mayor señal de alarma pero con muchas otras a nivel local como el caso del Mar Menor. Una producción equilibrada con los ecosistemas es necesaria para no ver nosotros mismos el colapso de nuestras tierras y ciudades.

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