Religión y represión

Con este texto se pretende resaltar el papel que las instituciones religiosas han jugado a lo largo de los siglos en el control y represión de las propuestas innovadoras en materia de ideas y costumbres. Bien entendido que dicha represión ha sido sufrida y, en muchos casos, denunciada por sectores de base de las propias confesiones religiosas.

El artículo se centra fundamentalmente en el ámbito español y en la religión católica, aunque se citan brevemente otras religiones y países, no con el afán de abarcar todos los casos, sino para señalar que la práctica represiva no ha sido exclusiva de una sola religión institucionalizada ni se ha dado en un único territorio.

Introducción.

Extenso y complejo tema este de la represión a través de las religiones. Ya de por sí, cualquiera de los términos (religión y represión), daría para escribir un tratado, y más si abarcamos las variadas facetas tanto de religión concreta (cristiana, islámica, judía, hindú, budista, mormona...), como su localización espacio-temporal.

Primeramente, intentaremos ponernos de acuerdo en los términos que vamos a tratar. La represión se refiere a la acción de reprimir, o sea, existencia de un poder arbitrario que impide el ejercicio de una acción o que castiga el llevarla a cabo. De ahí la dificultad, ante la represión, de ser uno mismo o una misma al faltar la capacidad de expresar pensamientos y sentimientos de forma honesta, libre, sabiendo que se te va a respetar.

En cuanto a la religión, aunque el asunto es más complejo, me interesa una característica común a casi todas las religiones: normalmente la persona que profesa la religión, suele trivializar su pensamiento, tiende a simplificar todo, llegando a ignorar las leyes naturales y acostumbra a basar sus percepciones en las emociones antes que en la racionalidad. Cuando actúa así, esto provoca que el mundo se vea como una dualidad entre lo material/ espiritual, lo perfecto/imperfecto, lo malo/bueno, lo correcto/incorrecto, lo perecedero/eterno, etc. No hay lugar para matices ni complejidades.

Sentadas las bases de lo que estamos hablando, es evidente que a lo largo de la historia de este sufrido mundo, religión y represión, muy a menudo han ido de la mano, inseparables, con el agravante que a través de la religión, las personas han ejercido la represión han conseguido ser aceptadas, mantenidas, perdonadas, aduladas por las propias víctimas que causaron y/o por su familiares.

Algunas religiones (tampoco muchas) nacieron con espíritu honesto pero, rápidamente, la existencia de gente ávida de poder y consciente de los beneficios que se podían obtener, convirtieron a las religiones en simples empresas. Y claro, como cualquier empresa, necesita clientes (adeptos, adeptas) que ciegamente acepten las «políticas» de la empresa y no cuestionen su supervivencia. De ahí la necesidad de la represión, pues va unida a la continuidad de ese montaje empresarial en el tiempo.

Hechas estas consideraciones generales para aclarar conceptos y centrar el tema, me gustaría pasar a detallar ejemplos de cómo religión y represión, siempre acostumbran a viajar juntas. Para ello, dada la amplitud de la tarea, me centraré en el Estado español con la religión católica, y algunas pinceladas sobre el mundo musulmán.

La Inquisición

Para partir de algún punto, empezaré con la Inquisición (Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición). Creada en 1478, poco antes de la llegada a tierras americanas, como un tribunal supeditado a la monarquía, en principio sólo tenía jurisdicción sobre la población cristiana bautizada, pero en la práctica, debido a la falta de libertad de culto, sus actuaciones afectaron a todos los territorios del imperio hispano. Por más que exista abundante documentación sobre sus horrendas prácticas, hay que recalcar un par de detalles, sin que ello se entienda como una excusa.

El primero es que la intolerancia religiosa en Europa fue bastante más dura que en España.

El segundo que los procedimientos de tortura, también eran habitualmente usados por la justicia civil.

¿Qué es lo que hace peculiar el entramado de la Inquisición? Pues básicamente que se ocupaba de forma integral de todo el proceso, desde la detención inicial, hasta la exculpación o muerte, basándose en la delación anónima, la arbitrariedad de las decisiones, la intimidación y finalmente la tortura como una forma de conseguir sus objetivos, o sea, obtener una confesión, que poco importaba si era verdadera o falsa, si se ajustaba o no a los hechos.

La represión, dirigida a garantizar la «pureza» de la fe las costumbres, se materializa con un amplio abanico de medidas. Desde las expulsiones de la población judía (Reyes Católicos, 1492) y morisca (Felipe III, 1609), hasta acusaciones a cual más variopinta. Sin ánimo de exhaustividad, podemos nombrar algunas de ellas.

La herejía, que contemplaba una gran variedad de casos: Las afirmaciones propiamente heréticas, las erróneas, las malsonantes, las temerarias, las cismáticas, las impías, las injuriosas o las blasfemas.

La apostasía, aplicable sólo a personas bautizadas que renegaban de su fe y se hacían seguidoras de otra religión.

La falsa conversión de población judaizante (marranos) o morisca, quienes siendo formalmente de fe católica, en la práctica, nunca habían abandonado el judaísmo o el islamismo.

El alumbradismo, que rechazaba las manifestaciones externas, como sacramentos, ritos, festividades religiosas, ayunos, rezo del santo rosario, etc. Igualmente desconocían a la jerarquía eclesiástica cuando no a toda la organización de la Iglesia.

Acusación de tenencia o lectura de libros prohibidos (el Index Librorum Prohibitorum, creado en el Concilio de Trento en 1564, y que no fue abolido hasta 1966),

La blasfemia, a la que dividían en herética (consecuencia de alguna herejía) o simple (producto del enfado).

La brujería, a la que consideraban como una invocación de poderes sobrenaturales por parte de personas que actuaban bajo la autoridad del diablo. Sobre esta acusación cabe decir que la verdadera mortandad, por cientos de miles, se produjo en países como Alemania o la Inglaterra anglicana, mientras que la Inquisición optó por considerar las actuaciones de estas personas como un producto de la imaginación o la ignorancia, y en consecuencia, mayoritariamente, los castigos consistían en paseos públicos y azotes.

El molinosismo, que hace referencia a una doctrina por la cual la máxima perfección del alma se consigue mediante la inacción o la indiferencia ante la contemplación de Dios.

Podríamos seguir con acusaciones de bigamia, adivinación, sortilegios, augurios, idolatría, los pecados nefandos (toda una variedad de relaciones sexuales)...

La Inquisición durante sus 350 años de existencia, juzgó aproximadamente 125.000 casos, de los cuales el 27% fue procesado por blasfemias y palabras malsonantes; el 24% por mahometismo; el 10% por falsos conversos; el 8% por luteranos; el 8% por brujería y distintas supersticiones; y el resto por otros asuntos como la sodomía, la bigamia, la solicitud de los sacerdotes, etc. Cabe recordar que la mayor parte de estos pecados eran igualmente sancionados como delitos en el resto de Europa a través de tribunales ordinarios.

A la par que en la metrópoli, también se extendió a América, la represión que los colonizadores de Castilla ejercieron sobre las religiones ya existentes a su llegada. Las nuevas autoridades religiosas (y también militares, por supuesto), no solamente persiguieron las afrentas a la nueva religión católica, sino que extendieron su brazo represor para detectar sospechas hasta en las más íntimas conductas cotidianas, como vestimenta, reuniones, tradición oral, tatuajes...

Procedimientos inquisitoriales, levantamiento de actas por parte de los clérigos, acusaciones de mancebía, denuncias por escritura de jeroglíficos o por ocultamiento de ídolos, persecución de la hechicería, sospechas de mala traducción en los intérpretes, cárcel por ofrendar bebida y ropa en una capilla, acusaciones de adoración al diablo, prohibición de bailes de los pueblos indígenas por considerar que son en honor de su dios, denuncias por hablar con el demonio y besarle su trasero...

Y no solo se reprimieron las conductas de los pueblos nativos. Muchos gentiles procedentes de la metrópoli, también se vieron castigados. Por impedir castigar a indígenas idólatras, por decir que una deidad nativa le había hablado, por haber comido parte de una ofrenda de las y los indios a sus dioses, por haber enterrado en una iglesia a una persona nativa no bautizada, autoridades acusadas de permitir la idolatría en su jurisdicción, algún que otro fraile amancebado, o un curas por tener hijos con una criada o jugar a los naipes...

Esta política duró prácticamente tres siglos y ha quedado exhaustivamente bien documentada en el Archivo General de Indias (Sevilla) y en el Archivo General de la Nación (México). También merece una visita el Museo de la Inquisición de Lima (Perú).

El papel de la Iglesia en los siglos XIX y XX

Avanzando en el tiempo, que desapareciera el Santo Oficio (15 de julio 1834 por decreto en la regencia de María Cristina, madre de Isabel II, que era menor), no disminuyó la influencia de la Iglesia, y aunque durante el siglo XIX fue objeto de desamortizaciones y supresión de órdenes con el objetivo de paliar la deuda pública del Estado, nunca llegó a perder su poder. La Iglesia siguió oponiéndose al desarrollo de las libertades civiles, así como entorpeciendo cualquier legislación tendente a la separación del Estado, siguiendo con su papel privilegiado en el reinado de Alfonso XIII, como venía haciendo desde 1876 (Restauración), en cuya Constitución, la religión católica, apostólica y romana pasaba a ser la del Estado, con la obligación de mantener toda su infraestructura (cultos, sacerdotes, templos, etc.)

Envalentonada por ese nuevo status de religión oficial, se prohibió la libertad de cátedra ganada durante el Sexenio Democrático (1868-1874), por lo que el profesorado tenía que acatar los principios religiosos y de obediencia a la monarquía. Víctimas muy conocidas de este nuevo ataque a las libertades, fueron catedráticos tales como Francisco Giner de los Ríos, Gumersindo de Azcárate, Nicolás Salmerón, entre otros. De ellos partiría la idea de la Institución Libre de Enseñanza en el año 1876.

Debido a su férrea e intransigente postura y al apoyo total que la Iglesia prestó a los responsables políticos del gran retraso económico, político y cultural de la clase trabajadora, la cuestión religiosa comenzó a tener un gran protagonismo en el debate y la confrontación política. Una actitud que con el paso de los años supuso la enemistad, el choque y el conflicto de la Iglesia con los sectores obreros y liberales que deseaban frenar el excesivo poder que la Iglesia acumulaba, y que en parte explicarían la persecución religiosa y la quema de propiedades eclesiásticas, que no empezaron previamente al golpe de estado fascista de 1936, sino que ya se habían producido con anterioridad en varias ocasiones.

Concretamente la quema de conventos en 1835 por el apoyo del clero a los carlistas tras la muerte de Fernando VII, y también en 1910, durante la Semana Trágica de Barcelona, donde un sector del movimiento obrero identificaba a la Iglesia como un objetivo a combatir por estar comprometida con los sectores políticos, económicos y sociales más poderosos del país, inmerso en una pobreza extrema, un analfabetismo secular, un enorme paro industrial, un sector agrícola de supervivencia, y para colmo enviando jóvenes al matadero de la guerra de Marruecos, sin que nada de todo esto, mereciera alguna palabra de la jerarquía eclesiástica.

Nunca la Iglesia se planteó estudiar sobre el porqué de este odio, presentándose siempre como una víctima inocente de todo cuanto sucedía.

Franco y la Iglesia ganaron juntos la guerra, y juntos gestionaron el aspecto más terrible y cruel del régimen franquista, la represión. Y la Iglesia no sólo la apoyó, sino que bajo la etiqueta del nacionalcatolicismo, era una parte más de ese régimen fascista, y como parte del mismo, no hizo más que lo que sabía hacer, y que llevaba practicando desde tiempos inmemoriales: Hegemonizar, impregnar, dictar, controlar todos los aspectos de la vida (pública y privada), en definitiva, cumplió con una de las funciones que el régimen franquista le requería: La represión del pueblo.

Con toda su verborrea caritativa, invocando siempre a dios, al evangelio y al sursuncorda, la Iglesia luchó con todos sus medios para impedir la legalidad del divorcio, del aborto, de la igualdad de géneros, inmiscuyéndose en asuntos políticos que le eran totalmente ajenos, callando ante la explotación, el avance de la pobreza o los abusos de sus empleados contra niños, adolescentes y jóvenes.

Por cada asesinato político del fascista Mussolini, el régimen franquista cometió 10.000. Y frente a esta realidad, la Iglesia hizo del dictador su «dios» en la tierra, entrando bajo palio en las catedrales, permitió el texto «Caudillo por la gracia de Dios» en las monedas, participó en la denuncia de personas desafectas (especialmente sobre maestros racionalistas y fieles a la República), controló y censuró la libertad de expresión (cine, radio, televisión) y monopolizó totalmente el sistema educativo, todo ello con el resultado de un enorme atraso cultural y social, que desembocó en sumisión y total ausencia de un mínimo espíritu crítico.

Nunca la iglesia dijo una palabra sobre las miles de personas asesinadas que eran enterradas en cunetas y fosas comunes, colaboró de forma entusiasta en lo que llamaban «el rescate moral y social del preso» que no era más que su anulación moral mediante la humillación, la tortura, el miedo, la incertidumbre, el acoso a las familia o la obligación del estudio de la religión para la obtención de la libertad condicional; admitió la participación forzada de desafectos sospechosos en actos religiosos para evitar ser perseguidos, obligó a los maestros y maestras a acompañar a su alumnado a la misa dominical.

El grado de implicación en la represión fue muy variopinto. Desde los que por omisión prefirieron no darse por enterados, hasta los que participaron activamente. Muchos curas colaboraron con los tribunales mediante informes que justificaran las actuaciones represoras. Nunca la Iglesia denunció las palizas o las muertes ocurridas en las cárceles.

Todos estos servicios prestados por la Iglesia, que hacían muy difícil la distinción entre religión y política, y que contribuyeron definitivamente a la consolidación del régimen fascista, fueron recompensados en 1953 con un Concordato, que en la práctica se tradujo en la omnipresencia de la Iglesia en todos los ámbitos de la sociedad: la enseñanza, la milicia, los sindicatos, la justicia y la legislación, los medios de comunicación, la moral cotidiana, la acción social,...

No cabe aducir que la Iglesia no se diera cuenta de su actuación represora, pues en numerosas ocasiones la justificaba plenamente, tal y como dijo el arzobispo de Zaragoza, Rigoberto Domenech (receptor de la gran cruz de la Orden Imperial del Yugo y las Flechas), «se hace en servicio del orden, la patria y la religión» .

La actualidad del siglo XXI

En la actualidad, a pesar de los intentos de la Iglesia por seguir imponiendo absurdas costumbres y no menos perjudiciales normas represivas, la sociedad ha despertado en relación a aspectos tales como las relaciones sexuales, la prohibición de comer carne ciertos días, el uso del preservativo (oposición que tanto daño está causando en continentes como África por la superpoblación y la transmisión de enfermedades sexuales), el divorcio, el aborto, el matrimonio homosexual, la investigación genética, la eutanasia,...

No quisiera cerrar este capítulo sin dos alusiones que para nada gustan a la jerarquía eclesiástica.

Por un lado, mencionar la participación activa de la Iglesia en el robo de recién nacidos de mujeres presas, y su posterior distribución entre familias pudientes del régimen o enviados a orfanatos religiosos para convertirlos en “auténticos” españoles.

Por otro lado, quisiera desmontar el mito del papel de la Iglesia en la nada modélica Transición. Es notorio que hubo un amplio y comprometido movimiento de cristianos de base, muy implicados en las luchas sociales, pero la Iglesia, al igual que las monarquías, tiene como último objetivo el perpetuarse, afianzar y agrandar su poder. Previendo el final de la dictadura franquista, lo único que hizo la jerarquía eclesiástica, fue ir cambiado de opinión, con vistas a posicionarse ante el nuevo escenario que se vislumbraba en España. Y para muestra de ello, las palabras pronunciadas por el entonces cardenal Enrique Tarancón, a quien se le adjudican todos los méritos del cambio de postura, tras la muerte del dictador: «creo que nadie dudará en reconocer aquí conmigo la absoluta entrega, la obsesión diaria, incluso, con la que Francisco Franco se entregó a trabajar por España, por el engrandecimiento espiritual y material de nuestro país, con olvido incluso de su propia vida»

Otras religiones

Y brevemente, y para no empujar a creer que la represión es exclusivamente obra del catolicismo, unos apuntes sobre el Islam y otras religiones orientales.

No voy a usar el «buenismo» progre para alabar una religión, el Islam, a la que se intenta desde estos ámbitos etiquetar como religión de paz y de justicia social. El hecho de que la libre interpretación de los textos coránicos desemboca en una dura represión, es la prueba de que al fanatismo y al extremismo, les es fácil servirse de algunos aspectos de la religión islámica para legitimar sus actuaciones.

No obstante, el Islam medieval, más allá de su celo monoteísta y expansionista, resultó mucho más generoso en su política de tolerancia religiosa que Bizancio y la Europa feudal. Se trataba de «infieles» a quienes se les permitía practicar su religión sin mayores trabas, aunque debían soportar no pocas discriminaciones: impuestos especiales, obligaciones militares más pesadas, inferioridad legal y judicial, menor estatus social, etc.

Pero de ser una religión relativamente abierta y tolerante con otras opiniones, amante del estudio científico, ha pasado a caer en el dogmatismo, la intolerancia y a no desempeñar ningún papel relevante en la investigación actual. Países islámicos donde el sistema legal se basa en la Sharia, los tribunales imponen duros castigos (incluso la muerte) por apostasía, o la prohibición de construir templos no musulmanes. O donde se persigue, encarcela y azota a las personas por «pecados» como la discordia, la apostasía, la blasfemia y la hechicería. Incluso se iguala el ateísmo con el terrorismo.

Países donde la homosexualidad te puede llevar a la pena de muerte, en los que las relaciones sexuales fuera del matrimonio, incluyendo violaciones, son castigadas con cárcel o en algunos países de mayoría musulmana con la lapidación (Nigeria, Somalia, Indonesia, Irán, Emiratos Árabes). Esta represión es incluso más intensa sobre las mujeres, que apenas tienen la oportunidad de defenderse.

La discriminación intolerable de la mujer en muchísimos aspectos de su vida diaria (relaciones, vida social,...) que llevan en la práctica a su ocultación, la inutilidad de escuelas donde se aprende el Corán de memoria, la regulación estricta de cuestiones cotidianas como la comida, la vida social, el ocio, la información (quien no recuerda, a raíz de la publicación en 2005 de unas caricaturas de Mahoma, los más de 100 muertos en las protestas y el incendio de la embajada danesa en Siria).

Y qué decir de la vestimenta. Hacen creer que el velo o Hiyab, es para la mujer que practica el Islam algo natural, que no es considerado, de ninguna manera, una forma de represión. Para a continuación soltarte que con el velo se guarda la belleza femenina, tan valiosa que no tiene por qué ser disfrutada por cualquiera, ni siquiera con la mirada. ¿Y qué pasa con la belleza masculina? ¿Sí puede ser disfrutada por otros?

Todas estas actuaciones, basadas en represión, muchas veces violenta, es lógico que determinen un elevado grado de miedo que hará a la población forzadamente obediente, sin atreverse a manifestar ninguna discrepancia. Algunos dirán, ¿y qué pasa con las revueltas de la primavera árabe? Efectivamente supusieron un hálito de esperanza, pero las elecciones que se convocaron a su amparo, fueron ganadas por los partidos religiosos. Supongo que en algo debió influir el hecho de que esos mismos partidos llevan siglos adoctrinando a la gente.

Para no quedar atrás en la lista de despropósitos, el Hinduismo se basa en la creencia que las personas provienen de una parte del cuerpo del dios Brahma, por lo que en función de qué parte del cuerpo sea el origen, te asignan a una casta que marcará para siempre el destino de las personas: trabajo, economía, estudios, matrimonio,... Por no hablar de los intocables, los parias entre los parias.

Poca información nos llega desde medios generalistas de esta parte del mundo, salvo catástrofes, pero es conocida la fuerte represión a practicantes de la religión muslmana en ciertos estados de la India, donde muchas campañas electorales se basan en la violencia religiosa.

O el intento de las autoridades gobernantes de reescribir la historia de la India, designando un comité de «expertos» que mediante la arqueología o el ADN, determine que las y los hindúes son los primeros pobladores de la tierra hace miles de años, y ya de paso, constatar que las antiguas escrituras hindúes, son un hecho y no un mito.

Existe en ciertos templos hinduistas la prohibición de entrar que pesa sobre las mujeres, basándose en que son impuras entre los 10 y los 50 años (consideradas en edad de menstruar) y en que es una tradición. Tampoco es un dato irrelevante la represión y exterminio a que gobierno y ejército de Myanmar (antigua Birmania y mayoritariamente budista) están sometiendo a sus compatriotas de la etnia rohyná, de religión musulmana.

Conclusiones

Concluyendo, quiero comentar algunas cosas que, visto lo visto, nunca harán las jerarquías religiosas:

Reconocer el tremendo daño hecho a la convivencia allá donde han asentado su hegemonía.

Que sus máximos dirigentes, en un arrebato de humildad, dijeran algo acerca de las barbaridades cometidas a lo largo y ancho de la historia.

Que pidieran perdón por los millones de víctimas causadas, simplemente por no compartir esas creencias que siempre se han intentado imponer a sangre y fuego: colonización de América, expansión musulmana, las Cruzadas cristianas, expulsiones masivas, las guerras dinásticas...

Las religiones, mediante una sincera reflexión y autocrítica, deberían enfrentarse a su pasado, ofreciendo a todas las víctimas de tantas truculencias religiosas cometidas durante siglos, una justa reparación. Como no se espera tal cosa, las voces del pasado siempre les recordarán su papel de verdugos.

Y como decía Antonio Gramsci, mostrarse indiferente, abúlico, como si nada hubiera pasado, es la materia bruta desbaratadora de la inteligencia y siempre será un peso muerto que arrastrarán por la historia.

Si hablamos de construir una nueva sociedad, un nuevo mundo diferente, basado en unas relaciones cimentadas en el respeto y la cooperación, en vez del desprecio y la opresión, algún día las religiones tendrán que rendir cuentas por sus abominables actuaciones milenarias. Y de no ser así, de todas formas, más tarde o temprano, el cambio vendrá del despertar en las conciencias de las personas, que les lleve a liberarse de los prejuicios y las redes que han paralizado a la humanidad durante siglos.

Por si no había bastante con el dinero, la raza y la política, con la religión se culminó el despropósito de separar, dividir, desconectar, clasificar y en última instancia, enfrentar a toda la sociedad.

 

Marc Cabanilles.

Ateneo Libertario Al Margen

Nota: Este artículo forma parte del Dossier sobre La Represión de la Revista Libre Pensamiento nº 97.

Descargar edición completa en pdf.

 

 


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