La ciencia que necesitamos - Libre Pensamiento 85

“La imaginación es más importante que el conocimiento” Albert Einstein.

 

La ciencia, ese cúmulo de conocimientos, saberes, construcciones mentales, teorías, desarrollo tecnológico, creaciones, invenciones, soluciones... que la integran, refleja el enorme potencial que, como seres humanos, hemos ido construyendo y acumulando a lo largo de miles y miles de años de evolución, para dar respuesta, en unos casos, a los problemas de la supervivencia y a la satisfacción de nuestras necesidades, en otros. Esto supone, que todo ese conjunto de elementos que podemos integrar bajo el concepto ciencia, nos pertenece a la totalidad de la humanidad, son parte consustancial a nuestro propio desarrollo filogenético, no pudiendo ser patrimonio de ninguna minoría al representar el esfuerzo colectivo acumulado de generación en generación. La ciencia, en este sentido, es parte de nuestro legado a las generaciones venideras.

Con el conocimiento científico, nos hemos ido abriendo paso, en el transcurrir de los siglos, en la búsqueda permanente de la racionalidad, de la verdad, de la objetividad, a sabiendas de que dicha verdad es inalcanzable por su dinamismo. Queremos saber el porqué de las cosas, el porqué de nuestra existencia, de nuestra realidad, intentando alejarnos de supersticiones, miedos, explicaciones intuitivas, manipulaciones, esoterismos, creencias, el más allá... y para ello hemos ido construyendo una arquitectura científica que se fuera asentando sobre pilares de racionalidad, lo suficientemente sólidos como para seguir avanzando en el camino de la consolidación de respuestas pero con la lucidez y la inteligencia antidogmática de ser pilares epistemológicos (racionalistas, empiristas, funcionalistas...) revisables, dinámicos y flexibles para ser capaces de deconstruir esa arquitectura a la vista de nuevos descubrimientos que así lo exigían.

La construcción de conocimiento científico se ha hecho siempre desde la cooperación, desde el apoyo mutuo, desde la complementariedad, la integración, la inclusión. La ciencia ha sido un ingente ejemplo de construcción colectiva, de sustentación de unos saberes en otros.

Sin embargo, ya desde el siglo XIX, el positivismo de August Comte llega prácticamente a proclamar la ciencia como una nueva religión que sustituye a Dios, considerando a la comunidad científica como los nuevos sacerdotes, los nuevos chamanes que tienen la solución y los remedios a nuestros “males”.

Esa nueva ciencia que queda sometida a estrictas normas metodológicas y que, en sus orígenes, tenía tintes de considerar el desarrollo científico, la Ciencia y la Razón, como el proceso revolucionario social (por ello tuvo tan buena acogida por parte de la filosofía y pensamiento anarquista) que sacaría al pueblo de las tinieblas de la ignorancia y la superstición, de los prejuicios y el pensamiento atávico. Con el paso del tiempo, se ha alcanzado que las personas que integran la comunidad científica se conviertan en una nueva clase, en una élite mitificada, que rápidamente pasa a tener una dependencia extrema con el poder económico y político.

En esta dirección, los propios autores clásicos del anarquismo (Bakunin, Kropotkin, Reclus, Anselmo Lorenzo...) ya advertían de los peligros que supondría confiarnos al poder de la ciencia y la comunidad científica, sabiendo que la élite burguesa tenía el control sobre la misma mientras el pueblo era ajeno a ese desarrollo científico.

Ese riesgo de dependencia y control de la ciencia al servicio de intereses espurios de una minoría dirigente, ha ocurrido y actualmente nos encontramos sucumbidos en él de manera casi irreversible. En la situación actual de modelo globalizado de capitalismo especulativo y financiero, la ciencia ha perdido todas sus raíces humanistas, de integración, de apertura, de colaboración, de progreso, habiéndose abandonado a la creación de un conocimiento especializado, fragmentado, sectario, competitivo, excluyente, elitista, tecnocrático, sin escrúpulos, amoral, con un lenguaje y unos contenidos alejados de la mayoría social...

Es claro que la ciencia y el desarrollo tecnológico y científico no es imparcial, responde a dictámenes economicistas, relegando la razón a la barbarie irracional. La ciencia no es ajena al tipo de sociedad en que se genera, no es objetiva, responde al sistema en el que surge, en estos momentos, el sistema neoliberal y capitalista. La ciencia capitalista que se produce en estos tiempos cumple con los principios de funcionamiento del capitalismo, se convierte en negocio, se especula, está al servicio de una minoría, resuelve los problemas que le interesan al poder y las multinacionales, explota a la mayoría, es competitiva, no es universal, no sirve para resolver los problemas de la sociedad y de la mayoría. Actualmente, no avanza la ciencia, avanza el cientificismo, el desarrollo tecnológico, la mercantilización del saber científico.

¿Qué papel debe desempeñar la ciencia en una sociedad de justicia social, de derechos y libertad que es la que necesitamos? ¿Qué retos actuales debe atender el conocimiento científico? El papel de la ciencia sería el histórico (libre, autónoma, cooperativa...), como cualquier otra actividad humana, en el contexto de esa sociedad diferente. El control y supervisión de la ciencia pasaría a residir en la sociedad a la que sirve, desposeyendo a la comunidad científica y sus expertos de esa aureola de nueva clase elitista que se retroalimenta de forma endogámica y vive al margen de las gentes de su tiempo.

Sin duda, necesitamos una ciencia para revertir el cambio climático, acabar con el calentamiento global, que ponga fin al agotamiento de los recursos, que cree alternativas antimilitaristas y acabe con la carrera armamentística, que solucione el problema de la desforestación, el reparto del agua, los recursos y la riqueza, que desarrolle las energías renovables, que detenga la energía nuclear, que elimine el hambre en el mundo, que garantice la soberanía alimentaria, que erradique las enfermedades sean o no raras, que profundice en la neurociencia, que plantee el fin del desarrollismo y crecimiento económico suicida. En definitiva, una ciencia que vele por la felicidad de las personas, que cuide su salud mental y bienestar.

Desde las posiciones del decrecimiento antidesarrollista y antiproductivista mantenidas por Serge Latouche o, en mucha menor medida, posturas más radicales primitivistas como las del anarquista John Zerzan, quien desconfía del proceso civilizatorio al que considera siempre opresivo y domesticador del ser humano y plantea una vuelta a sociedades menos tecnológicas para que sean realmente sociedades libres, existen voces, corrientes y movimientos que, afortunadamente, nos señalan el camino de replantearnos volver a humanizar la ciencia y el desarrollo tecnológico, proponer un cambio profundo del sistema en el que se integra y al que se supedita, restaurando el concepto de ciencia como instrumento revolucionario al servicio de la inmensa mayoría y no del 1% de la humanidad.

 

LP 85 - Índice

 

Estas son las ideas esenciales que configuran el editorial del LP 85 que acaba de salir (invierno 2015/2016), con un dossier titulado Ciencia y Poder, junto a una Miscelánea de artículos y las secciones ya habituales de Poesía, Cómic, Cine, Fotografía y reseña de Libros. Te animamos a leer y divulgar tu revista Libre Pensamiento.

Salud.

 

Jacinto Ceacero

 

 

 

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